Dragones
Entre sus ojos hambrientos y los míos, un hilo del mismo
rojo que fantaseo su lengua nos une.
Escribiría que es liviano como un suspiro y denso como un
océano nocturno azotando una escollera en el espíritu de unas bocas que apenas
llegan a rozarse.
Un cóctel flameado, que duele como el agua e incendia.
Es antes y es después, el precipicio en que flotaba y aquél
en cuya mirada me perdí.
Me gustaría estar más cerca de vos en todos los sentidos,
dice desde el hueco desnudo de mi espalda. Colgado de uno de sus pendientes,
lleva mi deseo a todos lados sin darse cuenta, y con su silencio me castiga las
muñecas, me castiga el cuello. Muerde filoso como la espada en medio y muerde
igual su soberbia, su respiración agitada muerde mi espacio, que deja de ser
mío y me pregunto cómo mientras lo entrego sin más a los sismos de un éxtasis
que muerde insondable. Para mi sangre, un sismo. Para mi boca, un sismo. Para
mi vientre.
Es todo alto con sus manos altas y su ego delineando los
ojos de las estrellas. Es todo tango inédito, todo lo incunable de una
sensualidad intacta que oculta mil espejos detrás.
Intento exhalarlo en el humo del cigarrillo, y me parezco a
sus dragones, tan inevitablemente en su pecho, tan suyos, tan deslizándose
sobre él. Intento exhalarlo en gemidos tibios que aún no empañaron las
ventanillas entreabiertas porque su objetivo es más recóndito, pero todo lo que
se logra con él es dejar puertas abiertas, y forzarme a escribirlo es imantarlo
a mi sed en un nudo que ata mi cintura a su voluntad, es como dibujar en mi
piel su sombra.
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