Dragones

 

 Si me forzara a mí misma a sacarlo de mí misma, lo escribiría. Que es oscuro como el vino y luminoso como la luna en su pecho y sus promesas insólitas, oscuro como eso que me dice en la oscuridad y oscurece mis ojos negros, y blanco como mi risa escapista que se escabulló entre destellos por los vidrios entrecerrados del auto. 

Entre sus ojos hambrientos y los míos, un hilo del mismo rojo que fantaseo su lengua nos une. 

Escribiría que es liviano como un suspiro y denso como un océano nocturno azotando una escollera en el espíritu de unas bocas que apenas llegan a rozarse. 

Un cóctel flameado, que duele como el agua e incendia. 

Es antes y es después, el precipicio en que flotaba y aquél en cuya mirada me perdí.

Me gustaría estar más cerca de vos en todos los sentidos, dice desde el hueco desnudo de mi espalda. Colgado de uno de sus pendientes, lleva mi deseo a todos lados sin darse cuenta, y con su silencio me castiga las muñecas, me castiga el cuello. Muerde filoso como la espada en medio y muerde igual su soberbia, su respiración agitada muerde mi espacio, que deja de ser mío y me pregunto cómo mientras lo entrego sin más a los sismos de un éxtasis que muerde insondable. Para mi sangre, un sismo. Para mi boca, un sismo. Para mi vientre.

Es todo alto con sus manos altas y su ego delineando los ojos de las estrellas. Es todo tango inédito, todo lo incunable de una sensualidad intacta que oculta mil espejos detrás.

Intento exhalarlo en el humo del cigarrillo, y me parezco a sus dragones, tan inevitablemente en su pecho, tan suyos, tan deslizándose sobre él. Intento exhalarlo en gemidos tibios que aún no empañaron las ventanillas entreabiertas porque su objetivo es más recóndito, pero todo lo que se logra con él es dejar puertas abiertas, y forzarme a escribirlo es imantarlo a mi sed en un nudo que ata mi cintura a su voluntad, es como dibujar en mi piel su sombra.

 


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