Siendo salvaje y manso caballo se piensa caballero su corazón galopante, sincero late todo lo que sin él no hallo. Las aguas de Tigre contienen sus ojos sonrientes, de tierra que ponen un manto sobre la guerra protegiendo todo lo que a su lado peligre. Reflejando su fuerza y la de su voluntad pletórico de vida es su movimiento y, cuidadoso de cada pensamiento, da y clama todo con tierna seriedad.
Mientras sus manos son dos arañas cuyas patas me recuerdan sus pestañas, las grietas de su piel son las del mundo y han cavado aún más profundo. Con su mirada loca y fugaz, de la huida perfecta es capaz porque ni el sol ni la luna, ni luz alguna la quiere señalar de lejos, y en la noche, se le escapan los espejos. Le quedó uno, el más fiel: los ojos de aquél que le dijo: "Al abrir tu boca y decir una rareza tus palabras son tibieza; Café, susurro, caricia y manta. Amiga, tu dulzura es tanta que a los tontos los espanta".
Atardecer azul que no abandona Fernando ya no te ve como solía, pues a plena luz del día te ocultás tras el nuevo horizonte. Aunque estando enfrente no te reconocía, quizás todavía le quedan tardes azules de balcón que entre tanto paredón color gris que veía le llamaba amaba su atención.