Mi pájaro de fuego y calma

Vuela mi risa en este momento, se sacude de un lado a otro al ritmo del viento, y no sé si es el clima, o son sus alas. Mi mano se mece hacia arriba y hacia abajo por el peso de su cuerpo, y mis oídos quedan hipnotizados con su canto especial y profundo capaz de adormecer a las fieras, hacer hablar a los mimos y darle a las mariposas un día más de vida. Sus plumas rojas parecen fuego en su movimiento, que aparece sólo en sueños, y despide chispas que se hacen luces en el aire y se convierten en estrellas.
                Cuando yo lo llamo, mi pájaro acude. Fiel y constante siempre, incluso siendo libre de no acudir. A él no le importan mis jeans sucios y mi camiseta blanca desprolija, ni mi pelo despeinándose con el viento que exhibe su vuelo dorado; a él le importan mis ojos, cuando ven belleza y no la hay, cuando confío en las hienas después de haberme traicionado, cuando extiendo mi mano una eternidad y nadie la toma.
               En este sueño, la paz reina el ambiente, y lo besa. Yo miro hacia arriba de pie en medio del claro, con una sonrisa que mi cuerpo entero expresa y honra. Mi pájaro me hace reír con su actitud destellante y abrasadora. Hace bailar a los árboles y da vacaciones a las hormigas. Él es el tesoro del que jamás dibujaría un mapa, mi voz cuando canta y mi voz en el silencio. Es mi amigo que me visita en sueños, y me recuerda que todo está bien, al posarse en mi mano extendida que nadie toma por una eternidad.

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